SUB UMBRA SUMUS
El fin es solo nuestra eternidad, la indómita muerte no tiene poder sobre nosotros. La muerte es el principio.
Moramos las sombrías tierras de
la noche en cuyas tinieblas se recortan las siluetas de los sepulcros y
palacios del pasado, por nuestras venas corre el frío de la noche antigua; vivimos
en la luz muriente de los Ocasos, como un coro de aves mudas atravesamos el
silencio cuando sobre el abismo el sol reposa, y se extiende nuestra sombra
sobre casas muertas donde a nuestro paso se agitan los gusanos.
No venimos a vencer al
deslizarnos a través de cortinas que vosotros ignoráis, ni por ventanas que vuestra
intención dejó abiertas. Poseéis una perniciosa debilidad a causa de vuestro
enfermizo deseo por la eternidad y nos ofrecéis anhelantes vuestra carne, aunque
siempre dudéis en el último instante, cuando la punzante presión os lleva hasta
el borde del insondable reposo. Pero a nuestro corazón ya no le hiere la garra
de ningún crimen, no tenemos conciencia de bien ni de mal, es solo la sacra
sangre la que nos arrastra hacía la vida con su llamada y nos obliga a cometer
los más horrendos crímenes. Arrebatamos de un sorbo vuestra vida, u otras veces
os dejamos solo ese hálito imprescindible para poder revivir, pero que os condena
a ser seres sombríos y afligidos, vagando entre las ruinas de ciudades que
dejaron de existir, viendo aturdidos el paso de los años como una
procesión de sombras, mientras saqueáis tumbas para subsistir.
La sangre, la linfa, el flujo
y el esperma son los elixires que nos invocan, son la savia que impúdica resbala
de nuestros labios como un éter profano, por el que profanamos hasta el confín
de las grutas más profundas. Nadie sabe de esa pasión que púrpura fluye —¡Pedidlo,
si queréis saber!—, y yo volcaré en vuestros labios el brebaje que mis párpados
han llorado… no invoquéis, pues, aquello que no podéis expulsar.

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