EL INVITADO NO DESEADO
P or fin se habían dormido todos y todo reposaba en silencio en un remanso de oscuridad. De vez en cuando, los crujidos de la vieja casa hacían que a la joven condesa le brincase el corazón, para segundos después caer de nuevo en el desencanto. La noche era fría. El otoño aquel año se había adelantado, y las gotas de roció que se helaban sobre los campos a ella le parecían perlas de cristal. Y le seguía esperando, pacientemente, cada noche, tras la ventana iluminada por la desvaída luz de la luna y deseando que aquella fuese, por fin, la más brillante de las noches. Pero el corazón se le rompía cada día un poco más al ver que no regresaba. Aquella noche los cristales se estremecían por el frio, y sobre el alféizar colocó una vela encendida, para indicarle el camino. Habían pasado dos semanas desde que él abandonara el mundo de los vivos. Se lo había llevado una delicada enfermedad que los separó demasiado pronto de la forma más ...